"Turbo Kid" (2015) de François Simard, Anouk Whissell y Yoan-Karl Whissel



Según la Real Academia Española de la Lengua, cuñado es aquella persona que es hermano del cónyuge o cónyuge del hermano. Por otro lado los cuñaos cinéfilos –que es los que más nos tocan- son aquellos que son unos pesaos con la última moda de Internet, que solo hablan de las películas de su infancia y que hace una semana te bombardeaban el Facebook con la llegada de Marty McFly, cuando hace un mes “Regreso al futuro” les daba absolutamente lo mismo.
Y junto a los cuñaos cinéfilos, tenemos las películas cuñaas. Son aquellas cintas hechas para satisfacer al cuñao cinéfilo: con sus referencias nostálgico ochenteras, sus chistes de dudoso gusto en los cuales el director quiere darte un codazo de complicidad y sobretodo, una distorsión del cine pasado que a la gente de bien nos repatea.



Con estos mimbres, y tras haber visto “Kung Fury”, el evento cinéfilo cuñao del año, me esperaba que la cinta de hoy fuera una versión hipervitaminada del cortometraje nórdico. Pero no podía estar más equivocado, ya que la cinta de hoy es todo un logro. No es otra que la canadiense “Turbo Kid” de François Simard, Anouk Whissell y Yoan-Karl Whissel, basada en un cortometraje previo perpetrado por esta triada del lejano Canadá.

La cinta nos presenta un futuro apocalíptico donde el suministro del agua es más que escaso, la gente se dedica a rebuscar tesoros en la chatarra y donde hay un tirano que coarta la ya de por si poca libertad de los supervivientes.
Nosotros seguiremos la pista de The Kid, el cuál con la ayuda de un par de compañeros inesperados buscará sobrevivir en este mundo inhóspito, a la vez de completar su vendetta personal.

Como he dicho antes, desde la lontananza este “Turbo Kid” parecía alimento para cuñaos: Ese poster que recordaba al de “Tron”, la aparición de un comic vintage, sangre a chorros por CGI, un actor famoso de los ochenta (ya sabéis, ese vórtice temporal que va desde el “Tiburón” de Spielberg al “Godzilla” de Emmerich), ambientación Mad Max de baratillo, música disco… Pero ¡Ay! Que equivocado estaba. Si en “Kung Fury” todo era una mezcolanza de subgéneros y situaciones que no existían en el cine de esa época –esa memoria adulterada por la nostalgia de las narices-, en esta “Turbo Kid” los canadienses lo han conseguido. Han cogido un buena taza de cine post apocalíptico ( aunque más cercano en mi opinión al “Hardware” de Richard Stanley que a la seminal obra de George Miller), complementada con un cazo de cine con chavales en territorio hostil ( el aroma de “Un muchacho y su perro” se desprende durante gran parte del metraje), unas gotas del humor gamberro de las películas de género nórdicas (véase, “Iron Sky”  o “Dead Snow”)  una cucharada de persecuciones en bicicleta (como si de un “Los bicivoladores” conocen a “1990: Los guerreros del Bronx” se tratase) y coronando el plato un villano tiránico que recuerda en demasía al  Dennis Hopper de “Waterworld”.




Todo esto que podría haber sido un desastre épico, se torna en un disfrutable pastiche gracias a unos creadores que saben de lo que ruedan. No solo han visto un par de pelis ochenteras y para subirse a la ola del revival realizan este film. Son tres personajes que aman el cine de género, que conocen las pelis a las que hacen referencia y lo mejor de todo, saben cómo hacer disfrutar al público.

Junto a una historia simple y conocida, pero rodada con mucho cariño y oficio tenemos a un grupo de actores que  quizás sin destacar mucho, nadie les puede reprochar una falta de carisma.
Como protagonista tenemos a un tal Munro Chambers, que está realmente bien como un pardillo atrapado por unas circunstancias más grandes que el mismo.
Como el arquetipo de antihéroe tenemos a un mandíbula cuadrada como Aaron Jeffery, en un personaje que nos recuerda a esos héroes a su pesar trazados por John Carpenter.
Y como la tercera pata de esta mesa tenemos a Laurence Leboeuf. Esta actriz se come la pantalla cada vez que aparece, con uno de esos personajes que se hacen querer con una gran sonrisa desde el minuto uno. Hay que ir siguiéndole la pista a la chica.
Y como el malvado de la función un señor que no necesita presentación: Michael Ironside. Y, ¿Qué tal hace Michael Ironside de malo? Pues genial, como siempre. Por algo le han contratado.


En definitiva, una divertidísima cinta de acción, que apela a la nostalgia pero sin estarte recordando cada dos segundos que estás viendo un homenaje. ¡Muy bien Canadá¡ ¡Así sí!

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