ESPECIAL NAVIDAD. DIA 10: "Jack Frost" (1997) de Michael Cooney.


DIA 10: Bombón nevadito.


Ya dije el primer día que uno de los objetivos de esta maratón es presentaros películas no muy conocidas, para poder ampliar vuestro catálogo navideño. Por eso la que os traigo hoy es una de esas que para encontrar debéis escarbar los abismos de un videoclub de saldo, o visitar una tienda sueca gratuita que conozco yo (guiño, guiño)

Para que no os llevéis a engaño, aunque el film que tratamos hoy se llame “Jack Frost” y sea de finales de los 90, no estamos ante aquella peli en la que Michael Keaton la palmaba y se reencarnaba en un muñeco de nieve… Esto es aún mejor, o peor, según lo veas.
Estamos ante una de esas películas que con la llamada segunda edad de oro del videoclub, trataban de colárnosla a nosotros incautos seres pre banda ancha. Ponían una carátula atrayente, un tagline medianamente ingenioso y un par de fotos en la contraportada, con sangre o tetas. Un cebo, la verdad, muy bien estudiado.



El film toma como base la leyenda de Jack Frost. Este es un personaje del folclore anglosajón, que en resumidas cuentas se encarga de abrir la puerta al invierno para que coloree de blanco las fiestas de Navidad. Una especie de bedel de Santa Claus. Pero en la cinta que nos ocupa hoy se pasan la leyenda por el Arco del Triunfo. Aquí tenemos la historia de un asesino en serie que puso en jaque al pueblo de Snomonton. Pero que finalmente fue capturado por el sheriff del lugar y condenado a muerte. El día de su ejecución, en vísperas navideñas, el furgón que lo transporta choca contra un camión que transporta algo parecido a nitrógeno líquido. El asesino se congelará y fusionará con la nieve –con una escena de CGI que helará la sangre- y se transformará en un muñeco de nieve, cuyo objetivo es volver a Snomonton y cargarse al sheriff. En definitiva, un Chucky wannabe.

Como podréis deducir, estamos ante una cinta de pseudo terror, aderezada con mucha comedia tonta y muertes con una pizca de gore. Producto de videoclub, vamos. Si se investiga un poco, fue algo muy de finales de los 90, principios de los 2000, cuando en formato doméstico aparecen películas de este tono que mezclan muñecos delirantes y fiestas teñidas de sangre. Ejemplos varios son: “Gingerdead man” de Charles Band, “Peter Rottentail” de John y Mark Polonia o la –superior a todas, incluida “Jack Frost”- cinta de William Lustig “Muerto el cuatro de Julio”.




Estamos ante una película que, para que engañarnos, es un peñazo de tomo y lomo. Tiene esa cadencia de slasher de fin de siglo – conversación, asesinato, flashback, rollo, más rollo, casi teta pero no, asesinato, coña marinera, asesinato doble, tirabuzón con giro final, asesinato y epilogo por si hay dinero para hacer secuela (Y cuidado, que en esta ocasión si hay secuela. Con un par)-. Tenemos una dirección chusquerísima de  Michael Cooney, al cual alguien debería pagarles unas clases de cine ya que parece que se pone a rodar según cae la cámara. Unas interpretaciones más vacías que una nevera a fin de mes. Y fallos de raccord de los que hasta Ray Charles se daría cuenta.
Y por encima de todo destacan sus defectos especiales. De primeras, en la carátula nos quieren vender un monstruo con cara angulosa y muchos dientes. Pero en la realidad tenemos un muñecajo de corchopán que se mueve menos que Don Pimpón en una cama de velcro. Pero lo más divertido es cuando el Jack Frost tiene que hacer alguna acción. El director pasa de plano americano del muñeco a primer plano de mano de porexpan. Tras esto a plano del muñeco desde atrás a plano de la cara del muñeco, a vista subjetiva… Es decir, que en ningún momento vemos al bicho en todo su esplendor… Por supuesto, tampoco veremos ninguna muerte en primer plano, si no el momento donde viene el golpe, posterior contraplano y cadáver en cuestión. Suerte que el tono de la película es muy coñero, sino no habría por dónde cogerla.


En resumidas cuentas, una película más mala que mandar a la abuela a comprar droga. Pero hay momentos en los que apetece ver una peli mala, y que esta sea consciente de que lo es y tomarse un par de pacharanes para hacerla más amena. O en este caso una botella entera. 

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