"Un vampiro para dos" (1965) de Pedro Lazaga.


        Es muy  posible –o al menos lo espero, ya que significaría que tenemos un público fiel que conoce el perfil de esta web- que os estéis preguntando que narices hace esta película reseñada aquí. Dejadme que os explique: Desde hace más de 3 años soy uno de esos españoles forzados a salir del país, y antes que nadie diga nada no somos como los pinta Campofrio. Y un secreto para aquellos que nunca han emigrado: A veces te da morriña. No estamos hablando de echar de menos el jamón o la luz del Sol en invierno. Estamos hablando de algo más interior. Algo cultural. Necesitamos ver a gente haciendo cosas que nos recuerden a nuestra casa. Por eso es normal, acabar viendo  las pelis de Makinavaja, “Cuentame” o esta españolada que es “Un Vampiro para dos”.


         

       Ahora que el background está hecho, vamos a meternos en harina. La historia es bastante sencilla. Tenemos una pareja de recién casados – Pablo y Luisita- que tienen problemas para complementar la vida laboral y marital, y por ello deciden emigrar a Alemania. Pero en el fondo, esta emigración no es tanto por dinero –ambos tienen piso, trabajos…- si no por, en una palabra… pinchar.  Y hasta aquí acaba la primera parte de la película. Porque parece que sean dos películas en una. La primera es la historia de ellos en Madrid y como deciden irse a Alemania, su llegada y la búsqueda de trabajo. Pero en ese momento comienza la segunda parte –y donde la calidad cinematográfica desciende- donde son contratados por el barón Rossenthal, que acabará siendo el vampiro del título.
         Como veis, la película no tiene el guión más rompedor del mundo, pero es bastante divertida. Sobre todo lo es con la perspectiva histórica. Toda la película huele a naftalina y ranciedad: Gracita Morales diciendo cada dos por tres “que bonita es España”, la gente increpando a la pareja por darse un beso en el metro de Madrid, la adaptación al alemán del “De Santurce a Bilbao”, la Guardia Civil deteniendo a un vampiro… Es decir, todos los tópicos de la comedia tardo-franquista en uno. Y además, le añadimos todos los tópicos de los españoles que van al extranjero –y hacen que se me revuelva el estómago-: el creer que si hablas castellano alto te van a entender, el comparar todo con España, la necesidad de juntarse con españoles en el extranjero… Es todo tan y tan rancio que me parece raro que no la hayan programado más veces en Cine de Barrio.



        En cuanto al apartado artístico, destacar el elenco actoral, sobretodo la pareja protagonista. Gracita Morales y José Luis López Vázquez, están esplendidos haciendo de españolitos medios con problemas para intimar. En el fondo son ellos los que sacan a flote todo este despropósito. Junto a ellos, también nombrar al vampiro del título Fernando Fernán-Gómez. El hombre está la verdad, con el piloto automático puesto a la hora de actuar. Pero aún y todo aguanta bastante el tipo, sobretodo en la escena de la cena donde se pilla un pedo de sangría de impresión –momento rancio mediante-.
         Si hablamos de la dirección de Pedro Lazaga, esta es correcta. Aunque destacaría por su carácter de documento histórico la escenas rodadas en el metro de Madrid, donde nos ofrece durante unos cinco minutos una muestra de como era el subterráneo madrileño en plenos años sesenta.
           Y por último, el diseño de producción. Ya he comentado las escenas del metro, pero también destacar el castillo del vampiro del título. Aunque a primera vista el cartón-piedra canta, el escenario tiene su encanto. Sería la versión en blanco y negro del castillo de “El baile de los vampiros”. Pero hay que recordar, que estamos ante una película de presupuesto modesto, cosa que podemos ver en los efectos especiales; como por ejemplo ese murciélago al que se le ven los hilillos.


           En definitiva, una película menor de la comedia española pero con el suficiente encanto –y poca duración- para aguantar un visionado a día de hoy. Y ante todo, recomendada a aquellos emigrantes ávidos de ranciedad patria. 

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