Relatos: El Camión de los Helados



Hace bastantes semanas que no me afecta el calor. Es curioso, yo siempre sudo como un pollo a mediados de agosto y ahora nada, casi no siento ni la ligera brisa mañanera que entra por mi ventana cuando me despierto muy temprano (teniendo en cuenta a la hora a la que me acuesto, claro) para poder ver Dragon Ball Z. Me encanta esa serie, y sé que son dibujos para mayores. Veo gente aficionada a Dragon Ball bastante mayores, con treinta años por lo menos -o incluso más-.

El caso es que aquí estoy, como todas las tardes, sentado en los escalones de la entrada de la casa veraniega de mi familia, esperando el acontecimiento más esperado por mí a partir de las 17:00 h; que pase el camión de los helados ¿Me harán caso esta vez? Este año parece que tengo la negra, no me han hecho caso ni un día desde que he llegado con mis padres a nuestra casa familiar. Nuestra "casa de vacas" como la llamaba cuando era aún más pequeño. 

Estamos entre la frontera de California y Arizona y en pleno agosto como supondréis el calor en la calle a estas horas es prácticamente insoportable. Pero como ya os he dicho no me afecta, es por eso que soy el único niño que espera al camión de los helados en la calle, sentado en la puerta de "la casa de vacas". En la casa de enfrente veo como desde hace un par de minutos se tambalean las cortinas de la planta baja. Sé que es "Sid el pelirrojo", habéis acertado, es pelirrojo. Vive enfrente de mí y siempre ha sido mi mejor amigo aquí, también nuestros padres son amigos y quedan a menudo para hacer barbacoas en la piscina de unos o de otros. Todo hasta este año, en el que Sid no me dirige la palabra. Yo no lo hice nada, supongo que él habrá madurado y yo no. Lejanos quedan los días en los que nos pasábamos horas jugando con mis Transformers, ya no le interesan. 

Al final de la calle veo una casa azulada. En ella vive Cindy... ¡qué guapa es! Ni qué decir tiene que tampoco me habla, si ya lo hacía poco anteriormente, este verano en el que tengo la negra menos aún, y es cuando más guapa y radiante está. "Ricitos de oro" la llamábamos, aunque este verano ha aparecido con el pelo liso, lo que la hace estar aún más guapa. Sé que Cindy también está mirando por la ventana de su casa. Y todos esperamos lo mismo, el camión de los helados...

Adoro ese camión blanco, con las letras en rojo chillón y varios heladitos adornándolo. Adoro también al "cabezón", el heladero que hay dibujado a los lados del camión y cuya figura se parte en dos cuando Hank abre la persiana lateral para comenzar a vender sus deliciosos helados. Arriba un cucurucho gigante, lo más llamativo de todo el carruaje, con una bola de helado que se está derritiendo y de un color verde flourescente. Verde "monster", para que os hagáis una idea más aproximada. Igual que el logotipo de esa marca de bebida energética que tan de moda está últimamente, sobre todo entre los "mayores". Entended mayores como los chicos y chicas que ya van al instituto, para el cual me queda un solo año. ¿Podré beber Monster entonces? Supongo que sí, de momento me conformo y tengo más que de sobra con mi amado Dr Pepper.

Un momento, ¿qué es ese sonido? Sí, es el camión que ya se acerca. A lo lejos se oye la inconfundible melodía del "Hokey Pokey" junto con un timbre que anuncia que la felicidad ha llegado al barrio. La calle comienza a vivir, se abren unas siete u ocho puertas de casas de las cuales salen enanos de las manos de sus padres o tutores, niños y no tan niños que en ese momento matarían por un helado de Hank. 

El camión llega como siempre a toda velocidad, y de un frenazo para en seco en el medio de la calle. Digo calle por no llamarlo asfalto ardiente. Me levanto y como siempre hago corro hacia el camión. Hoy está limpísimo, más que de costumbre. Cuando estoy llegando la persiana se sube y cómo no, como siempre ahí está Hank, con su oronda barriga, su cara más roja que un tomate y esa papada que crece con los años. Cuando estoy apunto de llegar al mostrador portátil se me adelantan varios niños que tras casi estamparse contra el camión comienzan a pedir como si no hubiera un mañana: Pitufos, Dulce de leche, Vainilla, Plátano, Cacahuete, Hägen Dazs, Chocolate e incluso Pistacho -los más atrevidos-. 

Intento abrirme paso entre la multitud para poder pedir, pero nada, como si no existiera. A lo lejos llega Cindy. Brutal, llega en monopatín. Si ya de por si es una chica perfecta y molona, que llegue sobre un skate le da un valor añadido, pero no puedo distraerme, he de conseguir un Ben & Jerry´s de cookies (mi favorito) como sea antes de que Hank eche el cierre y se largue hasta el día siguiente. Todos, poco a poco, van consiguiendo su helado menos yo. Los padres utilizan su superioridad para abrirse paso entre los chavales y poder comprar provisiones para toda la familia. Cada vez somos menos, grito a Hank sin parar pero ni siquiera me mira, se limita a venderle helados a todo el mundo menos a mí. Entonces aparece Sid. Mi amigo Sid, el pelirrojo. Amigo hasta que llegó este verano en el que ni se ha preocupado por preguntarme qué tal las notas.

Cada vez quedamos menos, pero todos compran sus helados menos yo. Sid se acerca al mostrador, está triste, cabizbajo. Para mi sorpresa pide un Ben & Jerry´s de cookies. ¿Cómo? Ese es mi helado Sid, tu siempre fuiste de una simple bola de nata con sirope de caramelo y, si era posible, toppings multicolor por encima. Pero esta vez no, esta vez Sid compró mi helado. Todos se van largando poco a poco, Cindy se ha hecho con un helado de hielo con sabor a lima limón (mmmmm) y se marcha lamiéndolo en su skate. Hank termina de semi-limpiar el mostrador y cierra. Pone el camión en marcha. Todos se han largado, algunos céntimos han caído y se han quedado fundiéndose con el asfalto en el suelo. Hank se marcha a toda velocidad a la calle de al lado a seguir haciendo negocio. Todos se han ido excepto Sid, que lentamente come el Ben & Jerry´s de cookies como si no lo disfrutara, como un helado de esta magnitud se merece. Mira al horizonte, se le cae una lágrima y se marcha con parsimonia hacía su casa. Me quedo yo solo en el medio de la calle con sensación de que acaba de pasar un huracán. Un coche pasa a toda velocidad por donde estoy yo, me atraviesa. Tal vez va siendo hora de asimilar que cuando el año pasado me atropelló el camión de los helados, las consecuencias fueron más graves de lo que yo siempre he querido creer.  


Texto: Ignacio López Vacas
Ilustración: Elena G. Peñuelas
Corrección: Alejandro Sotodosos

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