Rincón Misingno Yo, el halcón (1987)

Cannon y Sly. Puro Mojo.

Hoy pequeños Mcflys, os traigo a este Rincón Misingno una de las mejores mierdas paridas por la obra y (des)gracia de la compañía Cannon:

Yo, el halcón
de Menahem Golan, el segundo vértice de la productora.

Surgida de la satánica asociación entre Sylvester Stallone y esta compañía, que unos años antes nos trajo esa pequeña película de autor llamada "Acorralado", y que en esta ocasión repitieron el esquema de la exitosa película "Rocky", mostrándonos como un mindundi (en esta ocasión un camionero) intenta cumplir su sueño (un camión nuevo) venciendo en una competición (pulsos) y de paso ganarse el favor de un ser querido (su hijo ahorcable).
Como véis, no era la clase de película que nos descubriría el fuego, incluso en su momento tanto los críticos como el público de la época la pusieron a caer de un burro, alegando que era una versión de Rocky, sólo que con pulsos en vez de guantazos (no les faltaba razón), cosa que la relegó irremediablemente al ninguneo, y a ser un fracaso estrepitoso en taquilla...pero no en videoclub. En mercado doméstico fue un auténtico bombazo, no comparable al de "Invasión USA" pero casi, llegando a ser una de las películas más alquiladas de ese año y posteriores. Incluso recuerdo el ver su VHS, con esa brutal carátula, en la estantería de Acción del videoclub, en la que destacaba el cartelito rojo de ALQUILADO, hasta que pasados unos meses (tres o cuatro, creo) por fin pude tener en mis manos la preciada cinta. Sobra decir que en su momento reuní a todos mis amigos del colegio para dicho evento, en el que, literalmente, aullamos como lobos ante las victorias del bueno de Sly, y cogimos tirria a su hijo por ser un desaborío de cuidado.

A día de hoy, la historia es simple, los actores están sobreactuados, excepto el niño pera, que es soso como la lechuga, los momentos de acción eran escasos y la tónica general era de melodrama, pero tiene un algo, un algo que no sabría describir con palabras, pero aún consigue hipnotizarme y hacer que me quede embobado ante la televisión cuando la están echando. La batalla final entre Sly y ese gordo cabrón aún me hace sudar la gota gorda por la tensión que me pone, y, creerlo o no, el otro día cuando la estaba viendo, me vi moviendo mi brazo de un lado para otro al compás de lo que aparecía en pantalla.
Cien por cien adrenalina, algo irregular vista ahora (incido en el niño pera), pero sigue siendo entretenida y todavía es una de esas película que marcó la infancia de los chavales que, como yo, al ver esta película, fliparon cuando Sly ganaba el torneo de pulsos, lo que canjeó a muchos dislocaciones de hombro al emularlo en los recreos.
Eran otros tiempos.

Tiempos de la Cannon.